La edad ingrata

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—No: debe usted hacerme justicia. No se ha equivocado conmigo: yo percibo en su propuesta todo cuanto, me parece, puede desear que perciba. Sólo que usted la ve demasiado sencilla… y sin embargo no puedo darle explicaciones en este momento. Si fuese tan sencilla yo le diría al instante: «Hábleles en mi nombre». Con mucho gusto dejaría el asunto en sus manos. Pero yo necesito tiempo, permítame recordárselo, y usted aún no me ha respondido qué plazo me concede.

Esta apelación había vuelto a ponerlos cara a cara, y la primera reacción del señor Longdon ante la misma fue consultar su reloj:

—Es la una en punto.

—¡Oh, yo necesito —Vanderbank había recobrado su buen humor— algo más que esta noche!

El señor Longdon se dirigió hacia una mesita sobre la que aún se veían dos palmatorias:

—Naturalmente debe tomarse todo el tiempo que necesite. No lo agobiaré, no lo apremiaré. Me voy a la cama.

Adelantándosele, Vanderbank le encendió su palmatoria; tras lo cual, pasándosela y sonriendo, preguntó:

—¿Habremos contribuido al descanso de usted?

El señor Longdon contempló la otra palmatoria:

—¿Usted no se va a la cama?


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