La edad ingrata

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—A mi descanso sí que no habremos contribuido. Voy a quedarme levantado un rato más.

—Bien. —El señor Longdon se sintió complacido—. Espero que no olvidará, como prometimos, dejar apagadas las luces.

—Si usted me considera fiel en lo mucho, bien puede considerarme fiel en lo poco. Buenas noches. —Vanderbank le ofreció la mano.

—Buenas noches. —Pero el señor Longdon lo retuvo un momento—: ¿No le apetece saber mi cifra?

—No por ahora… no por ahora. Por favor. —Realmente Vanderbank parecía temerla, pero tras de que el señor Longdon lo desasiera con una leve exclamación decepcionada, se dirigieron juntos hacia la puerta del salón, al llegar a la cual volvieron a detenerse.

—Ella va a venir a visitarme al pueblo (a solas) en septiembre.

Vanderbank titubeó:

—Así, pues, ¿puedo ir de visita yo?

Su amigo, sobre esta base, hubo de reflexionar:

—¿Para entonces ya habrá tomado usted su decisión?

—Temo no poder prometerlo… si usted piensa considerar mi visita como una respuesta definitiva.

El señor Longdon siguió meditando; luego, alzando la vista, declaró:


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