La edad ingrata
La edad ingrata —No veo muy bien por qué no quiere usted permitirme revelarle…
—…¿los pormenores de sus intenciones? Pues yo sà lo veo muy bien. Ya ha dicho más que bastante. Si mi visita me comprometerÃa definitivamente —siguió Vanderbank—, entonces me temo que no me es posible ir.
El señor Longdon, que ya habÃa salido al pasillo, profirió una seca risita triste:
—¡Venga entonces (como dicen las mujeres) «sin compromiso»!
Tras lo cual, cerrando la puerta bastante suavemente, Vanderbank quedó solo en la gran sala de billar iluminada y desierta.