La edad ingrata
La edad ingrata —SÃ. ¿No es horrible?
—¿Que te refieras a eso?
—Que yo hable asÃ. —Al parecer su amigo no estaba listo para asentir, y con bastante celeridad ella prosiguió—: Si él le hubiera dado algo, ello se notarÃa de alguna forma en los desembolsos de ella. Ella goza de una gran libertad y es muy secretista, pero aun asà se notarÃa.
—Él no le darÃa nada sin hacértelo saber. Tampoco ella, sin hacértelo saber —agregó Vanderbank—, lo aceptarÃa.
—Oh —dijo la señora Brook tranquilamente—, ella me odia lo bastante para ser capaz de cualquier cosa.
—Eso no es más que tu romántica teorÃa.
Una vez más ella pareció no oÃrlo; imprevistamente abordó otro aspecto:
—¿Él te ha dado algo a ti?
Su visitante sonrió:
—Ni tan siquiera un cigarrillo. Yo siempre tengo los bolsillos repletos de ellos, y él nunca; asà que se limita a coger de los mÃos. Oh, señora Brook —continuó—, también conmigo (¡aunque yo gozo asimismo de una gran libertad!) se notarÃa.
—Supongo que me lo harÃas saber —repuso ella.
—SÃ, te lo harÃa saber.