La edad ingrata
La edad ingrata —Es curioso, ¿a que sÃ?… aunque creo que él es bastante más «en sà mismo», incluso según los actuales parámetros de Londres, de lo que ni remotamente sospechas. —Él pareció concederle tiempo para justipreciar esta aserción, pero como ella no dijera nada, continuó—: Seguro que si ahora incluso yo hiciera una propuesta matrimonial te parecerÃa demasiado tarde.
Fue sólo indirecta la atención que ella le prestó a aquello:
—Es rematadamente vulgar hablar sobre ello, pero no puedo evitar pensar que el señor Longdon terminará tomando alguna decisión posiblemente muy generosa.
—Oh, ya hablamos de eso tiempo atrás —dijo Vanderbank— y ya sabes que también pensaste que esa generosidad podrÃa abarcarme incluso a mÃ.
Sin embargo ella continuó, como si apenas lo hubiese oÃdo, perfilando su propia visión:
—Bien es verdad que hasta el momento…
—¿Y bien? —la acució él al quedarse callada.
Siguió callada un instante; por fin habló:
—Digo las cosas más soeces. Pero las hemos dicho peores, ¿verdad? Hasta el momento, quiero decir, él no le ha dado nada a Nanda. A menos que de hecho —meditó— ella haya recibido algo y no me lo haya contado.
Vanderbank fue mucho más al grano:
—¿A qué te refieres? ¿A dinero?