La edad ingrata

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—Lo es, vaya que sí. Pues bien —agregó entonces—, ya que he vivido lo suficiente para oír a alguien considerarla así, no estará fuera de lugar hacerte saber la diferencia que en mi apreciación de ello se ha operado gracias a nuestra deliciosa breve estancia en Mertle. De alguna forma se han elevado —declaró la señora Brook— las esperanzas que tengo puestas en Nanda.

Vanderbank fue raudo en mostrar que sabía lo que quería decir aquello:

—¿De modo que a la hora de otorgar su mano ni siquiera Mitchy te parecería lo bastante elevado ahora?

Pero su amiga hizo caso omiso de la pregunta:

—La manera como el señor Longdon la hace objeto de sus preferencias es el tipo de cosa que le da a una muchacha, como dice Harold, un «espaldarazo». Es rematadamente curioso y me ha dado que pensar: el señor Longdon no es absolutamente nada, según los actuales parámetros de Londres, en sí mismo… así que, dime, ¿cómo es que consigue, cuando lo «añadimos» a ella, que se duplique la cotización de Nanda? De uno u otro modo se me antoja que, gracias a que es sabido que él la respalda y gracias a la bonita historia de la devoción de él hacia mamá y todo lo demás (¡oh, si servidora decidiera explotar eso!), ahora ella nene muchísimas más posibilidades.

Los ojos de Vanderbank seguían clavados en el techo:


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