La edad ingrata

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—Huy, ¿cómo puedes decir eso —requirió su visitante— si en lo que hemos convenido más a menudo es precisamente en la imposibilidad práctica de introducir ningún cambio? ¿Acaso no ha dado la impresión de que realmente los del grupo somos incapaces de trastrocar hábitos conversacionales tan profundamente arraigados?

Otra vez la señora Brook reflexionó:

—Como si nuestra forma de entender la vida fuera demasiado seria para rebajarla a perogrulladas. No lo sé; creo que tú eres el único que no ha advertido nuestros sacrificios, nuestras componendas y concesiones. Yo misma me he sentido constantemente ahogada en ellas. Pero así están las cosas —prosiguió disgustada—. Lo que no admito es que me hayas convencido para que tome como prueba de tus «propósitos» (por utilizar el odioso vocablo) tu complicidad conmigo en aras de esa disparatada figuración, que es lo que a fin de cuentas es, de la preservada pureza de pensamientos de Nanda.

La cabeza de Vanderbank, en su asiento, estaba echada hacia atrás; su mirada vagaba por el techo de la habitación:

—Nunca he guardado ningún secreto acerca de que yo la considero (a su modo, desde luego) la muchacha más encantadora de Londres. Eso es lo que ella es.

Su compañera guardó silencio un momento; luego dijo:


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