La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, Van lo propondrá a tu consideración… lo propondrá incluso a mi consideración —espetó la señora Brook—. Se mostrará fascinante, conmovedor, comunicativo… sobre todo se mostrará endiabladamente interesante en relación con ello. Pero tomará su decisión atendiendo a su propio criterio, y su propio criterio no será complacer al señor Longdon.
Mitchy continuó escrutando a su compañero a la luz de estos comentarios, luego orientó su cordial mirada saltona hacia su anfitriona diciendo:
—Es espléndido, ¿verdad?, el encaprichamiento del viejales con él.
La señora Brook vaciló:
—¿Desde el punto de vista del inmenso interés que (en este preciso instante, sin ir más lejos) genera en ti y en mÃ? Oh sÃ, es una de las mejores cosas que hemos visto jamás. En cierto modo eso lo equipara a Lady Fanny: «¡La adinerará, no la adinerará… no la adinerará, la adinerará!». Sólo que, para ser perfecto, a todo esto le falta, como digo, el ingrediente de un verdadero suspense.
Mitchy semejó francamente asombrado:
—¿Todo esto carece de suspense, crees tú? No para mÃ; nanay. —Casi suplicantemente se volvió otra vez hacia su amigo—: Y espero que tampoco para ti.