La edad ingrata
La edad ingrata Ya hacía media hora que se habían marchado sus visitantes, pero ella seguía en el salón cuando Nanda regresó. La muchacha se la encontró, sobre el sofá, en una postura que habría podido significar una indolente distracción pero que, tras un vistazo, nuestra jovencita pareció interpretar como pura intensidad cogitativa. Se trataba de un estado del cual, en todo caso, la señora Brook fue rápidamente despabilada por la presencia de su hija: abrió los ojos y puso los pies sobre el suelo, de tal guisa que quedaron tan estrechamente encaradas como pueden llegar a estarlo dos personas cuando sólo es una de ellas quien mira a la otra. Nanda, contemplando vagamente su derredor y sin buscar asiento, lentamente se quitó los guantes mientras la triste mirada de su madre la examinaba de pies a cabeza.
—Ya pasó la hora del té —dijo entonces la señora Brook como si fuese una pérdida especialmente irreparable—. Pero me imagino —agregó— que el señor Longdon te invitaría a todo el té que te diera la gana.
—Oh cielos, sí, gracias; he tomado cantidad.
Nanda se cernía allí esbelta y encantadora, adornada de plumas y de cintas, vestida con finos tejidos frescos y colores difusos, con algo en su efecto de lo cual pareció dar feliz testimonio la dulcificada y espiritualizada melancolía de la mirada de su madre.