La edad ingrata
La edad ingrata —Date la vuelta, querida. —La muchacha obedeció prontamente, y otra vez la señora Brook la inspeccionó entera—. De espaldas quedas mejor… sólo que la doncella no hizo lo que le dije. ¡Hay que ver cómo nos engañan! —exclamó con suave voz entrecortada.
—SÃ, pero hay que ver cómo nosotras las engañamos a ellas. —Nanda habÃa vuelto a girarse, obviamente infundiendo a su madre, gracias al admirable «porte» de sus ligeras prendas, una paz más honda—. ¿Te refieres al pliegue del medio?; yo ya saÃna que la doncella no te harÃa caso. No quiero que de espaldas sea como quedo mejor; yo no camino de espaldas.
—Ya —musitó resignadamente la señora Brook—; te vistes pensando en ti sola.
—Huy, ¿cómo puedes decir eso —preguntó la muchacha— si jamás hinco un solo alfiler sin pensar en ti?