La edad ingrata
La edad ingrata —…¿ha sido de una clase bien diferente? —Durante esta media hora, en la ambigua oscuridad, hasta el momento Mitchy no habÃa ofrecido una pinta tan llamativa—. La señorita que he nombrado no es mi elección.
—Pues bien, eso no es más que una mayor señal de que para ti las cosas son mucho más fáciles.
—¡Oh, «fáciles»! —se quejó Mitchy.
—No debemos, en cualquier caso, seguir levantados —dijo Vanderbank, que habÃa consultado su reloj—. Las doce y veinticinco; buenas noches. ¿Apago las velas?
—SÃ, te lo ruego. La ventana la cerraré yo —y Mitchy se dirigió hacia ella—. Ahora mismo sigo tu ejemplo; buenas noches.
Un instante después las velas estaban apagadas y el otro se habÃa marchado, pero Mitchy, solo en la oscuridad, cara a cara con el indistinto jardÃn silencioso, aún permaneció allÃ.