La edad ingrata
La edad ingrata —En efecto. Sólo que parece haberse venido desde Londres con grandes acúmulos. Y no estará aquà eternamente —se apresuró a añadir Vanderbank.
—Ciertamente no si te casas con ella.
—Pero ¿no es ésa al mismo tiempo —preguntó Vanderbank— precisamente la dificultad?
Mitchy pareció desorientado:
—¿La dificultad?
—Caramba, en calidad de mujer casada volverá a empaparse del aire londinense.
—Sin duda. —¡Oh, vaya si Mitchy podÃa ser sincero!—. Pero la diferencia estribará en que en una mujer casada ello no tendrá importancia. Sólo tiene importancia en las muchachas incasadas —insistió plausiblemente—, y eso sólo en aquellas por quienes nadie siente compasión.
—El problema es —dijo Vanderbank, mas casi como si se limitara a enunciar una verdad general— que se trata justamente de un elemento que a veces puede operar como freno para la compasión. ¿No es más bien en las muchachas que nunca se casarán en quienes ello no tiene importancia? Para las demás constituye una extraña formación.
—¡Oh! ¡A mà no me importa! —declaró Mitchy.
Manifiestamente Vanderbank objetó:
—Ah, pero tu elección final…