La edad ingrata
La edad ingrata Cuando tras la cena la concurrencia fue restituida a las habitaciones del primer piso, la duquesa se puso de pie tan pronto como se abrió la puerta para que hicieran su entrada los caballeros. Entonces habría podido advertirse que albergaba un propósito, pues tan pronto como los integrantes comenzaron, con la debida dosis de las habituales vacilaciones y malemparejamientos, a mezclarse otra vez, ella pareció ser la primera en haber tomado su decisión. Se apoderó del señor Longdon y lo sentó a su vera en un sofá con capacidad exacta para dos personas.
—Lo he capturado a usted sin escrúpulos —dijo con franqueza— pues hay cosas que quiero decirle y también preguntarle muy privadamente. Como es natural, lo primero de todo quiero darle las gracias de nuevo.
Ningún derrumbe del señor Longdon era nunca incompatible con que este caballero se sentase muy estirado hacia adelante:
—¿«De nuevo»?