La edad ingrata

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—¿Parece usted tan perplejo —requirió ella— porque de veras se había olvidado de la gratitud que le expresé cuando tuvo la bondad de traer a Nanda a Londres para la boda de Aggie… o porque no lo considera un asunto sobre el cual yo haya de molestarme en volver? ¿Cómo puedo evitarlo —prosiguió sin aguardar una respuesta—, si veo la mano de usted en todo lo que ha sucedido desde aquella charla tan interesante que en Mertle sostuve con usted el pasado verano? Ha habido veces que a buen seguro he pensado en escribirle; incluso se me ocurrió la desafortunada idea audaz de proponerle que me dejara ir a visitarlo un domingo. Entonces la crisis, mi momentánea alarma, se me antojó a punto de estallar, conque me pareció que yo podría postergarlo hasta alguna oportunidad como ésta, que habría de llegar tarde o temprano. —No obstante, hasta tal punto semejó su compañero dejar dicha oportunidad en manos de ella, que ella no pudo menos que aprovechar apresuradamente, para cubrir la desnudez de la misma, la hermosa presuposición que se le puso más a tiro—: Observo que inteligentemente usted adivina que lo que me ha tenido en vilo es el efecto sobre la señora Brook de la pérdida de su querido Mitchy. Si de todas formas usted no ha recibido ninguna impresión de tal efecto, ¿no se deberá únicamente a que en estos últimos meses ha visto a la señora Brook con tan escasa frecuencia? Yo la he visto —dijo la duquesa— bastante y de sobra. —Ella aguardó como para que dicha visión, tras esto, produjera alguna impresión discernible, mas la única consecuencia de su discurso fue que su amigo miró intensamente hacia alguna otra persona. Acaso fue precisamente este síntoma lo que a ella le bastó, pues al cabo de un instante ya estaba otra vez en la brecha—: Hasta tal extremo las cosas han salido tal como yo deseaba, que me sentiría una verdadera impía si no mostrase humildad de corazón. De hecho hay un aspecto —agregó con aristocrática devoción— respecto del cual no tengo miedo de decir en mi favor que no pasa un día ni una noche sin que la muestre. No obstante, a ustedes los ingleses, lo sé, no les agrada que uno hable de su religión. Pero sencillamente yo me siento tan agradecida por la mía (quiero decir, con tan escaso sentimiento de impureza o tortura a causa de ella) como por mi salud o mi carruaje. En todo caso lo importante es que digo sin ningún cruel espíritu de triunfo, mas pese a ello lo digo con prístina claridad, que ahora tal vez sea temible la disgustada valedora del señor Mitchett. —Estas palabras poseyeron la entonación de un clímax, y ella las había espetado como para, una vez cumplido el deber, dejarlas flotando en el aire; pero tras un instante algo que tuvo lugar, a su ver, en el rostro que el señor Longdon mantenía parcialmente desviado, la dotó de lo que él habría podido denominar un segundo aliento—: Oh, ya sé que usted piensa que ella lo ha sido siempre. Pero usted ha estado exagerando… en cuanto a eso; e incluso en este momento no digo que ello no sea algo que en el fondo vaya a beneficiamos. Sólo que debemos obrar con cautela. Hemos de recordar que desde su propio punto de vista ella ha sufrido un agravio pero hemos de conducimos como si por lo menos tuviéramos confianza en ella. Esto último, ya sabe, es lo que usted nunca ha tenido en modo alguno.


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