La edad ingrata
La edad ingrata El señor Longdon emitió un murmullo de incomodidad que lo hizo cambiar de postura, y la secuela de dicho cambio fue que seguidamente aceptó de su almohadillado ángulo del sofá el completo apoyo que éste podía brindarle. Aparte, aun cuando sus ojos no habían encarado los de su compañera, habían sido llevados, mediante la mano que repetida y algo dolorosamente él se había pasado ante los mismos, a examinar la cuestión de cuál de las extrañas materias presentadas a su elección le costaría menos trabajo aparentar tratar abiertamente. Con lo que él ya había tenido que pagar, según habría inferido fácilmente un espectador a partir del prolongado estremecimiento reprimido que finalmente lo había impelido a recostarse, era con cierto sacrificio de su costumbre de no deplorar privadamente a aquellos con quienes se mostraba públicamente amable. Fue manifiesto, empero, que cuando enseguida habló, su pensamiento había avanzado un trecho:
—Puedo asegurar que he procurado al máximo cumplir con las leyes del decoro. Pero no creo que el señor Vanderbank ame a la valedora del señor Mitchett.
Esto encendió una instantánea luz en la duquesa:
—Vous avez bien de l’esprit. Usted hace que servidora se sienta cómoda. He estado dando prudentes rodeos, mientras que usted ya estaba en el meollo. En realidad él sólo ama a Nanda.
—Sí… en realidad.