La edad ingrata

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Aunque esto sólo hubiese sido una maniobra de distracción que, por mor de la paz, a la duquesa se le hubiese antojado ejecutar, difícilmente habría podido resultar más efectivo. La señora Brook, cuya ubicación había sido precisamente lo que había sustraído de su vista el otro lado del piano, se estiró discreta pero raudamente:

—¿Harold está con Lady Fanny?

—Lo preguntas, hija mía —dijo la duquesa—, como si fuese algo demasiado grandioso para creerlo. Es esa nota de ansiedad —siguió para información del señor Longdon—, es esa nota de cuasiesperanza: una de esas que ces messieurs, que de hecho todos nosotros, admiramos y hallamos tan incomparables. Para Harold su madre ansia los mayores privilegios.

—Pues bien —declaró Vanderbank, que había echado una ojeada—, claramente Harold está conquistándolos. Eso le recuerda a uno lo que se cuenta sobre su popularidad.

—Su popularidad es verídica —porfió la señora Brook—. Cómo la logra, es algo que no sé.

—Ah, ¿no lo sabes? —exclamó a los cuatro vientos la duquesa.

—Harold es asombroso —siguió la señora Brook—. Yo observo… contengo la respiración. Pero asimismo me siento obligada a decir que me maravillo no poco. De un modo u otro los entusiasma a todos.


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