La edad ingrata

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El señor Longdon había permanecido sin decir nada más, y sin embargo la señora Brook prefirió desarrollar el asunto como en confianza entre ellos dos. Ella era, como decían los otros, portentosa.

—Usted no puede evitar considerarme —le habló directamente al anciano— bastante tortuosa. —El silencio que de esta guisa ella produjo transitoriamente, fue tan intenso como para insuflar una brusquedad que casi resultó grosera al pequeño «¡Ah!» con que seguidamente fue roto y cuyo emisor ninguno de sus tres acompañantes habría podido designar posteriormente. Ninguno habría querido encargarse de imputar una incorrección de la cual indudablemente cada uno no habría sido sino muy capaz—. Es sólo en calidad de madre —agregó— como solicito mi oportunidad.

Pero ante esto la duquesa ya estaba otra vez en la brecha:

—Pues entonces, por amor del cielo, aprovecha tu oportunidad, querida, para ocuparte de Harold, quien se erige en un ejemplo para la propia Nanda mediante el modo en que, ahí tras el piano, está pasándoselo bien con Lady Fanny.


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