La edad ingrata
La edad ingrata El señor Longdon devolvió aquella mirada, pero en cierta forma se la devolvió a Van:
—Me siento asustado hasta el punto de no poder pensar en nada.
—¿Soy yo quien lo asusta? —dijo Vanderbank.
El señor Longdon titubeó inmediatamente.
—Sà —respondió.
—Debe de tratarse del terror sagrado —le sugirió la señora Brook a Van— del cual habla Mitchy tan a menudo. Con usted yo no estoy intentando —prosiguió para el señor Longdon— infundirle nada de eso, sino únicamente conseguir esa breve media hora a solas que me parece que por nada del mundo me concederÃa usted. Nada podrÃa inducirlo a quedarse a solas conmigo.
—Caray, ¿qué diantres —preguntó Vanderbank— es lo que sospechas que el señor Longdon supone que quieres hacer?
—Oh, no es eso —dijo la señora Brook tristemente.
—No es ¿qué? —inquirió la duquesa riéndose.
—Que el señor Longdon tema que de uno u otro modo yo quiera… ¿cómo suele decirse?… camelarlo. —Ella habló como si desease que sà hubiera sido eso—. Tiene ideas más pesimistas.
—Pues bien, dinos de una vez cuáles son.