La edad ingrata
La edad ingrata —Huy —manifestó la señora Brook—, Jane jamás se muestra crÃtica: tan sólo irreprimiblemente ingeniosa. Por otra parte, es únicamente Tishy quien propala que su marido no le tiene afecto. Él, pobre hombre, no dice nada semejante.
—SÃ, pero, pensándolo bien, ¿tienes alguna idea —le planteó Vanderbank sin tardanza— de dónde demonios, todo este tiempo, está su marido?
—Dios no permita —comentó la duquesa— que indaguemos demasiado indiscretamente.
—Asà se habla; bien dicho —apostilló el señor Longdon.
Una vez más él accionó el resorte de la hilaridad, si bien no hasta el punto de menoscabar la subsiguiente aseveración de la duquesa:
—Es Nanda, ya lo sabes, quien habla, y en voz bien alta, de los desafectos de Harry Grendon.
—Eso le es fácil —declaró la señora Brook— habida cuenta de que ella misma no es uno de ellos.
—No hay duda de que Nanda no es uno de los desafectos de nadie —observó con gravedad el señor Longdon.
La señora Brook se estiró para mirarlo atentamente:
—¡Usted es un cielo! Pero, aun asÃ, tengo que echarle una bronca a propósito de algo.