La edad ingrata

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—Oh sí… todo. —El señor Longdon habló con gran llaneza, esta vez con el resultado, por parte de sus acompañantes, de un silencio de varios minutos, que al final él mismo hubo de romper—: El señor Grendon no la ama. —Al parecer la adición de estas palabras representó una diferencia… cual si constituyesen un renovado vínculo con la irresistible comedia de las cosas. Que el señor Longdon fuera inesperadamente hilarante no fue, empero, óbice para que manifestara sus ideas con plenitud—: Para dos hermanas es muy lamentable ser ambas, en sus respectivos matrimonios, tan desgraciadas.

—Oh, pero Tishy, lo afirmo —replicó la señora Brook—, no es nada desgraciada. Si yo estuviese convencida de que realmente lo es, nunca dejaría que Nanda acudiese a verla.

—Ésa es la más extravagante doctrina, cielo —intervino la duquesa—. Cuando estás convencida de que «realmente» una mujer es pobre, ¿nunca le das un mendrugo?

—¿Llama usted un mendrugo a Nanda, duquesa? —preguntó divertido Vanderbank.

—De cualquier manera Nanda es todo lo que, por lo visto, en la actualidad, la pobre Tishy tiene para seguir viviendo.

—En tal caso se muestra usted crítica —dijo el joven— con nuestra cena de esta noche.


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