La edad ingrata

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—Huy, eso no conduciría a nada positivo. Con Nanda. Así y todo —continuó ella—, resulta rematadamente superficial por tu parte no darte cuenta de que su melancolía (sobre la cual además yo ya te había llamado la atención hace un rato) es un mero accidente facial y no se corresponde ni, como suele decirse, «rima» con nada que haya dentro de ella y que pueda volverla un poco interesante. Por lo que me gusta su melancolía es precisamente porque resulta tan grotesca en sí misma. Su decaimiento es ni más ni menos que sus rasgos. Su lobreguez, como dices tú, es simplemente su nariz rota.

—¿La señora Grendon tiene rota la nariz? —demandó el señor Longdon con una entonación que por algún motivo despertó en los otros el espíritu de la hilaridad.

—¿Nunca lo ha mencionado Nanda? —inquirió la señora Brook con este jolgorio.

—Eso es la discreción de que hablabas hace un momento —dijo la duquesa—. Sólo que yo más bien habría esperado que resultara cómico el efecto de la causa a que aludes.

—La nariz rota de la señora Grendon, señor —explicó Vanderbank para el señor Longdon—, es tan sólo la gentil manera que estas damas tienen de referirse al corazón roto de la señora Grendon. Usted debe de saberlo todo sobre eso.


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