La edad ingrata

La edad ingrata

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—Oh —dijo Vanderbank—, aun cuando sea infeliz no será persona proclive a lo que podrías llamar «desahogarse» ante ella. Buscará compensaciones en otra parte y le dará igual cualquier ridículo…

—¿A quién te refieres al decir «ella»? —preguntó la señora Brook cual si intuyese que algo en su propio rostro lo había hecho callarse—. Yo no hablaba —especificó— de su esposa.

—¡Ah! —dijo Vanderbank.

—Aggie es irrelevante —insistió ella.

—¡Ah! —repitió—. ¿Te referías a la duquesa? —sugirió enseguida.

—¡No digas estupideces! —replicó ella—. Quizá él no sea infeliz (¡no lo quiera Dios!) —siguió adelante—. Pero si lo es la emprenderá con Nanda.

Van semejó dudar acerca de aquello:

—¿«La emprenderá» con ella?

—Vaya, querrá saber, tal como hace poco un norteamericano me preguntó refiriéndose a no sé quién, qué es lo que ella «va a hacer» al respecto.

Vanderbank, que había permanecido de pie, quedó paralizado ante esto durante un lapso más prolongado que ante cualquier otra cosa hasta ese instante:

—Pero ¿qué puede ella «hacer»?…


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