La edad ingrata

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A fuer de sincera, no obstante, todavía la señora Brook sólo estaba en condiciones de hacer cábalas:

—Es exactamente lo que me muero por comprobar.

Ante esto su compañero sonrió:

—¡«Incluso en nuestras cenizas pervive la llama indómita»! Pero, en tales circunstancias, ¿qué hay del propio pobre Mitchy? Difícilmente su casamiento ha podido simplificarlo a él hasta tal grado.

Esto fue algo, a pesar de todo, que la señora Brook tuvo que sopesar:

—No lo sé. Renuncio. ¡El asunto fue la mar de extraño!

También su amigo guardó silencio, y fue como si, durante un breve rato, permanecieran mirándose mutuamente a cuenta de ello y a cuenta de lo que entre ellos no había sido dicho.

—¡Fue «desusado»! —se limitó él a dejar caer finalmente.

Apenas habría sido propio de la señora Brook, así y todo —según pareció ella sentir pasado un instante—, rodear de un exceso de silencio el asunto:

—Él hizo lo que hace un hombre (especialmente en ese respecto) cuando un hombre no hace lo que desea.

—¿Quieres decir que hizo lo que deseaba otra persona?

—Vaya, lo que él mismo no deseaba. Y si es infeliz —siguió ella— sabrá a quién quejarse.


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