La edad ingrata
La edad ingrata Vanderbank, que habÃa parecido estar cronometrándose, se guardó el reloj.
—En ese caso me siento obligado a decir que, en vista de un distanciamiento tan marcado, cada vez entiendo menos tu inolvidable explosión.
—Ah, ¿insistes en volver sobre ello? —preguntó ella fatigadamente—. Y, con tantas cosas como tienes en que pensar, ¿te resulta tan inolvidable?
—¡Huy, pero es que hubo una llama tan fiera en tu mirada…!
—Pues —dijo la señora Brook— ya ves que actualmente está extinguida por completo. —Ella habÃa hablado con más tristeza que acrimonia, pero al siguiente instante su impaciencia tuvo un brote—: Hice volver a Nanda porque quise.
—Desde luego; pero lo que no discierno, ¿sabes?, es qué has ganado con ello desde entonces.
—¿Quieres decir que tan sólo he logrado que ella me odie aún más?
La propia impaciencia de Van, en el movimiento con que le volvió la espalda a su anfitriona, tuvo una eclosión aún más perentoria:
—Sabes que soy incapaz de querer decir nada semejante.
Ella guardó silencio unos instantes mientras tenÃa frente a sà la espalda masculina. Y replicó: