La edad ingrata
La edad ingrata —A veces pienso en efecto que eres incapaz de nada directo y claro.
El movimiento de Vanderbank no habÃa sido hacia la puerta, pero casi se llegó hasta ésta tras dedicarle a su anfitriona, al oÃr aquello, una intensa mirada. Entonces se detuvo en seco, empero, para atalayar unos instantes incluso más fijamente el sombrero que tenÃa en su propia mano; la consecuencia de lo cual a su vez fue que pasado un momento volviera a situarse ante el asiento de ella:
—¿No consideras que por mi parte ha sido directo y claro precisamente no haber venido durante tanto tiempo?
Otra vez ella tardó un poco en replicar.