La edad ingrata
La edad ingrata —¿Es eso una alusión a lo que (con la pérdida de tu agraciada presencia) no he salido «ganando»? De todas formas —ella no le concedió tiempo para contestar—, seguro que te das cuenta de que eres ni más ni menos que igual de directo y claro que yo y de que ninguno de nosotros dos es una criatura de meros impulsos irreflexivos. A decir verdad hubo una época, ¿no es cierto?, en que cada uno de nosotros dos disfrutaba bastante con los oscuros abismos del otro. Si quisiera adularte —prosiguió— podrÃa decir que, teniendo que dar vueltas y revueltas con tamaño compañero de oblicuidades, me arriesgarÃa a perderme en el laberinto. Pero ¿para qué imputar o recriminar? Por amor de Dios, no seamos vulgares; todavÃa, por mala que sea la coyuntura, no hemos llegado a eso. Yo puedo serlo, no cabe duda; algún dÃa debo serlo: lo veo perfilarse ante mà en el infausto porvenir como un sino inevitable. Pero releguémoslo para cuando me haya vuelto vieja y horrible; ni una sola hora antes. Incluso ahora deseo vivir un poco. Asà es que deberÃas dispensarme benévolamente… igual que yo hago contigo.
—¡Oh, ya sé muy bien —dijo Vanderbank elegantemente— que hay cosas que te abstienes de plantearme! ¡Demuestras tal tacto!