La edad ingrata
La edad ingrata —Helo ahÃ. Y decididamente prefiero —continuó la señora Brook— que a eso lo denominemos delicadeza en vez de falsedad. Si consigues entender esto, tanto más que llevaremos adelantado.
—Lo que siempre entiendo mejor que nada —repuso— es la verdad general de que eres prodigiosa.
Acaso fue en cierto modo a guisa de alivio de la tensión como ella no dijo nada en contra de aquello:
—AsÃ, por ejemplo, cuando serÃa tan fácil…
—…recoger estas últimas palabras mÃas, ¿verdad?, y analizar lo que implican, sin embargo te abstienes generosamente.
—¿Literalmente me recalcas mi oportunidad? ¡Eres tú quien es generoso! —dijo la señora Brook riéndose algo extrañamente.
—¿Ni siquiera te apetece preguntar —prosiguió él con un leve sonrojo— lo que serÃa más obvio y natural que desearas preguntar?
Interpelada sobre la cuestión de los deseos subyacentes, la señora Brook adoptó el decente recurso de parecer tratar de concederle a aquello el beneficio de todas las posibles dudas: