La edad ingrata
La edad ingrata —¿Que si quiero, insinúas, averiguar antes de que subas lo que quieres tú? ¿Te sentirás muy decepcionado —inquirió— si digo que, dado que probablemente me enteraré, como solÃan decimos cuando niños, de «cada cosa a su debido tiempo», puedo esperar hasta que el esclarecimiento surja por sà mismo?
Vanderbank se demoró allÃ:
—¡Eres astuta!
—Tú sólo tienes que serlo más.
—Eso es muy fácil de decir. En todo caso me temo que no te lo pareceré —continuó tras un pequeño silencio— si yo te pregunto a ti para qué diantres (ya que Harold está logrando mantener tan quietecita a Lady Fanny). Cashmore sigue requiriendo los consejos de Nanda.
—¡Ah, averigualo! —dijo la señora Brook.
—¿No está a buen recaudo la señora Donner?
—Averigúalo —reiteró.
Vanderbank se habÃa llegado hasta la puerta y tenÃa una mano en el picaporte, pero aún faltaba algo más:
—A duras penas supondrás, imagino, que Nanda ha acabado apreciándolo «por lo que él es».
—¡Averigúalo! —Y la señora Brook, que ahora se habÃa puesto de pie, le volvió la espalda.
Él la atalayó un momento más, después se reprimió y la dejó.