La edad ingrata

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XXXII

Ella se quedó sola durante diez minutos, al término de los cuales sus reflexiones —habría podido verse que eran profundas— fueron interrumpidas por la aparición de su marido. De hecho la interrupción no fue tan grande como si estos cónyuges no se hubieran reunido, como casi invariablemente se reunían, en silencio; de cualquier manera ella no hizo, al principio, más caso de su presencia que alargarle una taza de té acompañada por nada excepto nata y azúcar. Que ella no le dirigiera ninguna palabra, empero, implicaba que pensaba que él había entrado exclusivamente para tomar su refrigerio en menor medida que si le hubiese dicho: «Aquí tienes, Edward querido: tal como te gusta; de modo que tómalo y siéntate y quédate calladito». Ningún espectador digno de este nombre habría podido contemplarlos juntos durante más de un rato sin advertir que todo lo que, bajo la mirada de él o no, ella hacía o dejaba de hacer estaba fundamentado en un profundo conocimiento de los hábitos de él. Constituían, los hábitos de Edward digo, todo un capítulo aparte, en el que la señora Brook era absoluta maestra y en lo tocante al cual el único inconveniente era que por la propia naturaleza del caso buena parte del mérito de ella estaba predestinada a quedar oculta. Algunos de dichos hábitos eran tan peculiares que nadie salvo ella podía conocerlos y por lo tanto saber hasta qué recovecos había tenido que ahondar la sutileza femenina. Sin ir más lejos, uno de ellos era que así como a menudo él se volvía sumamente silencioso cuando más henchido estaba de noticias, del mismo modo cuando no tenía nada que contar siempre permanecía silencioso también: particularidad ésta engañosa, hasta no haberle cogido el tranquillo, para una mujer que en el último de estos dos casos habría podido entregarse a casi cualquier variedad comentarística.


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