La edad ingrata

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—¿Qué opinas —dijo él por último— de que hoy haya dado señales de vida?

—¿El querido Van?

—Ah, ¿ha dado él señales de vida?

—Hace media hora, y preguntando por Nanda casi nada más abrir la boca. Lo he remitido al piso superior y está con ella en este momento. —Si Edward tenía sus hábitos ella también tenía los suyos; uno de los cuales, en conversación con él, si es que conversación podía llamarse, era nunca desvelar nada hasta que fuese estrictamente necesario. De esta suerte ella siempre tenía una o dos cartas de reserva, pues su lema era que jamás se sabía lo que podía suceder. Sin embargo ocurría que a veces él, como lo habría denominado ella, le ganaba por la mano.

—No está con ella en este momento. Yo acabo de estar con ella.

—¿Al final no subió? —La señora Brook se mostró enormemente interesada—. Me dejó, ya sabes, con ese propósito.

—¿Ya sé? ¿Cómo iba a saberlo? Yo la dejé a ella hace cinco minutos.

—O sea que se marchó sin verla. —La señora Brook estudió aquello—. Modificó su intención estando en las escaleras.


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