La edad ingrata
La edad ingrata —Bueno —dijo Edward—, no serÃa la primera intención que ha sido modificada ahÃ. Prácticamente es lo único que un hombre puede modificar.
—¿Te refieres particularmente a mis escaleras? —preguntó ella con su extravagante aflicción. Pero entretanto habÃa podido recapacitar—: Entonces, ¿de quién hablabas?
—De que el señor Longdon va a venir a tomar el té con ella. Ella ha recibido una nota.
—Pero ¿cuándo regresó a Londres el señor Longdon?
—Anoche, creo. Hace una o dos horas lo anunció la nota… traÃda personalmente y con la esperanza de que ella estuviera en casa.
De nuevo la señora Brook reflexionó:
—Me alegro de que sà esté en casa. El señor Longdon es un cielo. ¡Personalmente!… asà debÃa de enviarle notas a mamá. Por nada del mundo telegrafiarÃa.
—Huy, muchas veces Nanda le ha telegrafiado a él —repuso el padre de la muchacha.
—Pues deberÃa estar avergonzada. Pero ¿cómo —dijo la señora Brook— estás enterado de eso?
—Oh, yo siempre estoy enterado cuando estamos metidos en un asunto como éste.