La edad ingrata
La edad ingrata —¡Sin embargo te quejas de la falta de intimidad de ella contigo! Y ahora resulta que sois como uña y carne.
Edward contempló esta acusación igual que contemplaba a todos los antiguos amigos: sin una señal —lo que se dice una señal— de reconocimiento.
—No recuerdo haberme quejado nunca de la falta de intimidad de nadie conmigo. No hay demasiadas cosas que nadie pueda contarme, a mi juicio, que no me hayan contado ya. ¿Qué supones que pretendo de las personas? Si yo, por mi parte, no consigo calarlas demasiado hondo, debà de quejarme de eso.
—Oh, pero sà que lo consigues —declaró la señora Brook—. Tú te crees que no, pero el hecho es que las calas muy, muy hondo. Siempre estás, como dije hace un momento, sacando a la luz algo que hayas pescado en alguna parte.
—SÃ, y viéndote erizarte ante ello. Lo que saco a la luz es simplemente lo que las personas me cuentan.
Para la señora Brook esa restricción no ofreció, empero, dificultad alguna:
—¡Oh, pero me parece que con las cosas que actualmente las personas van contando por ahÃ…! ¿Qué más quieres?