La edad ingrata
La edad ingrata —Bueno —y desde su asiento Edward atalayó el fuego unos instantes—, entonces la diferencia debe estar en las que te cuentan a ti.
—¿Cosas que son mejores?
—SÃ: peores. Seguramente —prosiguió— lo que yo les doy…
—…¿no es tan malo como lo que les doy yo? Oh, cada uno de nosotros debe hacerlo como mejor sabe. Mas cuando te oigo decir —siguió la señora Brook— que alguna vez Nanda se ha permitido algo tan grosero como comunicarse con él por telegrama, nuevamente se me pasa por la cabeza que yo habrÃa sido la más cualificada para tratar con el señor Longdon si no lo hubiese impedido su aversión hacia mÃ. —A estas alturas ella también estaba —aunque de pie— junto al fuego, que miró larga y fijamente igual que su marido—. Yo nunca habrÃa telegrafiado. HabrÃa puesto en práctica pequeñas delicadezas y detalles inesperados que a Nanda nunca se le han ocurrido.
—Desde luego ella no tiene las mismas ideas que tú —convino Edward.
—¡Es más sosa que una chimenea apagada, y en el fondo si no hubiera sido por mamá…! —Y ella volvió a abismarse en las razones de las cosas.
Por un instante el silencio de su marido pareció indicar cierta conformidad con aquella insinuación, pero incluso para esta aquiescencia hubo un lÃmite: