La edad ingrata
La edad ingrata —Tú logras muy bien, opino, que no se extinga lo logrado por tu madre. Pero ¿y si, como dices tú, tu madre no hubiera logrado…?
—Caray, jamás habrÃamos llegado a ninguna parte.
—Bueno, y ¿dónde estamos en estos momentos? Eso es lo que yo querrÃa averiguar.
Siguiendo el curso de sus propios pensamientos, al principio ella no prestó atención a la pregunta de él:
—De no ser por su aborrecimiento, el señor Longdon me habrÃa apreciado. —Pero con un suspiro regresó hasta la situación real—: Da igual. Debemos apañárnoslas con lo que tenemos.
—Y ¿qué tenemos? —insistió Edward.
Otra vez sin prestar oÃdos a la pregunta su esposa le volvió la espalda, aunque sólo para, tras haber dado algunos imprecisos pasos, tomar a él con renovado Ãmpetu:
—Si el señor Longdon está al caer, ¿puedes hacerme un favor? ¿Querrás regresar junto a Nanda (antes de que él llegue) y hacerla saber, aunque por supuesto no como si fuese de mi parte, que Van estuvo aquà media hora, se le dijo claramente que ella estaba en el piso superior y desocupada, y se marchó sin subir a verla?
Edward Brookenham no hizo ningún movimiento.
—¿No prefieres hacer eso tú misma?