La edad ingrata

La edad ingrata

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—Siempre estás deseando hacerme marcharme de casa —insistió él—; me parece que desearías hacemos marchamos a todos, pues te las compones para que Nanda asome la nariz aún menos que yo. ¿No crees que tus hijos sean lo bastante presentables, mamá querida? En todo caso está más claro que el agua que si no nos mantienes en casa debes mantenemos en otros lugares. No se puede vivir gratis en cualquier sitio: es una trola eso de que uno ahorra alojándose en casa de otras personas. No sé cómo será en el caso de una mujer, pero, a efectos prácticos, a un hombre se lo admite[9]…

—¿Sabes que me matas, Harold? —intervino abrumada la señora Brookenham. Pero con la misma remota melancolía fue como, al siguiente segundo, preguntó—: ¿Acaso no fue una invitación esto de ir a Brander?

—Fue como ya te lo he contado. Ella dijo que me escribiría, para fijar una fecha; pero luego no me escribió.

—Pero ya que tú le escribiste…

—…¿viene a ser lo mismo? ¿Lo es?: ésa es la cuestión. Sabiendo que a raíz de mi carta ella no contestó, quiero decir. ¿Se debe interpretar sencillamente como que sí que desean mi presencia? Me ayuda oírte decir estas cosas a ti, madre. Yo hago, me parece, todo lo que me ordenas; pero para sentirme seguro y confiado necesito oírtelas. ¿Cualquier persona desearía mi presencia, eh?


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