La edad ingrata

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La señora Brookenham ya había abierto los ojos, pero aún los mantenía fijos en la comisa:

—Si ella no deseara tu presencia, habría contestado a tu carta. En una gran mansión como ésa siempre hay sitio.

El joven la contempló unos instantes, y espetó:

—¿Cómo es que te gusta tanto acostamos pronto y luego quedarte tú levantada hasta las tantas? ¿Qué es lo que quieres hacer, a fin de cuentas? ¿A qué juegas, mamá?

Ella se incorporó, ante esto, recorriendo con la mirada la habitación cual desde el último grado del martirio o la melancolía de alguna meditación profunda. Y no obstante cuando habló lo hizo con una expresión distinta, una expresión que para un observador habría servido de notable ilustración de esa descoordinación de sus impulsos que con frecuencia resultaba risible aun hasta el grado de contribuir al éxito social de la señora Brookenham:

—O sea que te has gastado más de cuatro libras en cinco días. El viernes fue cuando te las di. ¿Qué diablos supones que va a ser de mí?

Harold siguió contemplándola como si la pregunta requiriera alguna respuesta realmente incisiva:

—¿Es que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades?

Ahora ella desplazó su mirada hacia el suelo:


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