La edad ingrata
La edad ingrata —Por favor, ¿quieres marcharte ya?
—Todo sea por ayudarte. Sólo que si descubriese que no es deseada mi presencia…
Ella afrontó, tras un instante, la mirada de él, y nunca habÃa sido tan grande la enfermiza preciosidad y alocamiento de la suya propia:
—Haz que tu presencia sea deseada, y no descubrirás eso que dices. Eres inaguantable, pero no tonto.
Ahora él le dio un abrazo de despedida, y ella se sometió como si le resultara absolutamente indiferente cúyo fuera el pecho contra el cual la estrecharan.
¡MamaÃta —exclamó riendo—, dices unas cosas tan lindas! —Y tras esto él se llegó hasta la puerta, al abrir la cual se detuvo ante un ruido procedente de la planta baja—: ¡La duquesa! Está subiendo las escaleras.
La señora Brookenham le echó un rápido vistazo a la habitación, mas habló con total desinterés:
—Pues que las suba.
—Por mà como si las baja. Pero interpreto esto como una feliz señal de que ella no estará en Brander. —Permaneció con la mano en el picaporte; aún le quedaba una rápida pregunta que hacer—: Y ¿qué hago a partir del martes?