La edad ingrata

La edad ingrata

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La señora Brookenham ya se había levantado y había recorrido la mitad de la habitación con ese deslizamiento que parece apático pero que en realidad es una notable forma de actividad, y les había dado un toque rectificador, sobre el sofá y los sillones, a tres o cuatro almohadones arrugados. Lo había hecho con la misma triste cabeza inclinada de un lirio roto.

—Debes quedarte allá hasta el 12.

—Pero ¿y si soy expulsado a patadas?

Fue como un lirio roto como ella meditó sobre aquello:

—En ese caso vete a visitar a los Manger.

—¡Feliz idea! Entonces, ¿debo escribirles?

Su madre levantó un poco más una persiana; y dijo:

—No: ya lo haré yo.

—¡Mamá encantadora! —Y Harold le envió un beso por los aires.

—Espera, he cambiado de opinión —rectificó ella—. Escríbeles… desde Brander. Eso es algo que cautivará a los Manger. Telegrafíales incluso.

—¿Ambas cosas a la vez? —preguntó el muchacho riéndose—. ¡Mi querida y buena mamá! —exclamó—. Y ¿desde dónde vas a comunicárselo tu?

—Desde Pewbury —contestó sin inmutarse—. Les escribiré el domingo.


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