La edad ingrata
La edad ingrata —Muy bien. ¿Qué tal le va, duquesa? —Y Harold, antes de esfumarse, saludó con una veloz concentración de todos los matices de la campechanÃa a una alta dama imponente, la visitante que él habÃa anunciado, la cual se erguÃa en la entrada con las maneras de una persona acostumbrada a llegar a los umbrales de modo muy semejante a como las personas llegan a las estaciones ferroviarias: esperando encontrarse con un «recibimiento».