La edad ingrata
La edad ingrata —Hasta pronto. Mi hijo se marcha —le explicó a su visitante la señora Brookenham, quien permaneció inmutable en su zona de la habitación.
—¿Adónde se marcha? —inquirió dicha visitante adelantándose desapegadamente y mirando no tanto a su anfitriona cuanto a los almohadones retocados.
—Oh, a varias residencias campestres. Hoy a Branden.
