La edad ingrata
La edad ingrata —¡Hay que ver cuánto corretea tu hijo de un lado para otro! —Y la duquesa, todavÃa lanzando miradas acá y allá, se dejó caer en el sofá hasta el cual se habÃa acercado sola. La señora Brookenham sabÃa perfectamente el propósito de dichas miradas: ella sólo poseÃa tres o cuatro muebles relativamente buenos mientras que la duquesa, rica en tesoros de Italia, sólo poseÃa tres o cuatro relativamente malos. Tal era la relación, como entre amigas Ãntimas, que visiblemente preferÃa la duquesa, y resultaba más bien infundado, en Buckingham Crescent, entrar siquiera alguna vez en el salón con semblante receloso de una deslealtad. La duquesa era una mujer que cultivaba sus pasiones tan celosamente que habrÃa juzgado desleal introducir allà un nuevo mueble de un modo clandestino… es decir, sin una abierta consulta a ella, la autoridad suprema, ni el consiguiente otorgamiento de la potestad de cercenar en flor cualquier desatino. Repetidas veces la señora Brookenham se habÃa preguntado de dónde diantres habrÃa podido sacar el dinero necesario para ser desleal. ¡El nivel de exigencia de la duquesa era tan elevado!… A este respecto su nivel de exigencia estaba en consonancia con sus demás caracterÃsticas, que resultaron tan conspicuas como de costumbre cuando dicha dama se sentó con aire de desear tomar el té aunque fuese temprano para ello. Siempre tenÃa aire de desear tomar el té antes de la hora, y su amiga, aunque con una muy distinta impaciencia, siempre llamaba para ordenarlo—. ¿Quién más va a ir a Brander? —preguntó.