La edad ingrata

La edad ingrata

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—No tengo la menor idea; Harold no me lo ha dicho. Pero allí siempre hay un buen montón de gente.

—Sí, ya lo sé: insólitas mezcolanzas. ¿Harold ya ha estado allí anteriormente?

La señora Brookenham caviló:

—Oh, sí (si mal no recuerdo), más de una vez. De hecho la carta que ella le escribió (que él me enseñó, pero que sólo decía «algunos amigos») era una especie de solicitación fundamentada en alguna que otra cosa que había tenido lugar la última vez.

La duquesa guardó silencio un instante.

—Ella escribe las más increíbles cartas —dijo por último.

—Pues ésta fue muy agradable, en mi opinión —dijo la señora Brookenham—, proviniendo de una mujer de esa edad y de ese elevadísimo rango y estando dirigida a un hombre tan joven.

De nuevo la duquesa reflexionó:

—Amiga mía, ella no es norteamericana ni está sobre el escenario. ¿No es eso lo que en este país se entiende por un rango elevado? Ni tampoco tiene cien años.

—Ya, pero Harold no es más que un bebé.

—¡En ese caso no parece andar falto de niñeras! —respondió la duquesa. Sonriendo, le dijo a su amiga—: Tus hijos se parecen a la madre que les dio el ser: eternamente jóvenes.


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