La edad ingrata

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—¡Bueno, yo no tengo cien años! —protestó la señora Brookenham como si con oscura perversidad ansiase tenerlos—. En cualquier caso, todo el mundo es rematadamente amable con Harold. —Aguardó un momento para darle a su visitante ocasión de dictaminar que ello era muy natural, mas no hizo acto de presencia ningún dictamen: nada salvo el lacayo que acudió en respuesta a la llamada y a quien se le ordenó el té—. Y ¿adónde has dicho que vas a ir tú? —inquirió tras esto.

—¿Durante la Semana Santa? —La duquesa logró retener la cautivadora mirada de la anfitriona… lo cual no resultaba, en términos generales, una proeza fácil—. Yo no he dicho que fuese a ir a ninguna parte. No he modificado, de golpe, mis costumbres. Tú ya sabes si alguna vez dejo sola a mi niña… excepto en el sentido de haberla dejado hace una hora en la clase que el señor Garlick imparte sobre Literatura Ligera Contemporánea. Confieso que me siento un tanto nerviosa respecto de la asignatura y voy a pasarme a recogerla a las cinco.

—Y, después, ¿adónde te la llevarás?

—A casa para que tome el té; ¿adonde pensabas que podía llevármela?

La señora Brookenham declinó, en relación con esta interrogación, la responsabilidad de cualquier hipótesis; de hecho estuvo mucho más afortunada cuando tras un instante dijo:

—¡Eres una madre consagrada!


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