La edad ingrata
La edad ingrata —La señorita Merriman tiene hoy su tarde libre; no logro imaginarme qué hacen con sus tardes libres —agregó—. Pero a las siete ha de estar de vuelta en el cuarto de la niña.
—Y ¿tú te haces cargo de Aggie hasta entonces?
—Hasta entonces —dijo la duquesa animadamente. Y continuó—: Vosotros os vais, durante la Semana Santa, a… ¿cómo se llama?
La señora Brookenham habÃa acogido sin ningún sonrojo delator las diversas agudezas asà insinuadas por su visitante, y de momento su única venganza fue semejar tan dulcemente resignada como si de veras comprendiese lo implicado en las mismas. ¿Adónde se iban ellos durante la Semana Santa? Hubo de pensar un instante, mas lo mencionó:
—Ah, a Pewbury: nos habÃamos comprometido desde hace tanto tiempo que ya se me habÃa olvidado. Vamos allà una vez al año; servidora lo hace por Edward.
—¡Huy, lo mimas demasiado! —sonrió la duquesa—. ¿Quién más va a ir all�
—Oh, los de siempre, supongo. Una multitud de pesados partidarios de Su IlustrÃsima.
—¿Para rendirle honores? Entonces ¿por qué invitan a pobres seres como vosotros?
La señora Brookenham asumió, ante esto, un aire adorablemente —vale decir, perplejamente— serio: