La edad ingrata

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—Quiero decir, ¿sabe que él ha estado aquí y que no subió?

La señora Brook, desde donde estaba situada y a través de la ventana, miró más bien hacia el cielo:

—Su padre ya se lo habrá contado.

—¿Su padre? —se maravilló Mitchy abiertamente—. ¿Está él al corriente?

Ante esto la señora Brook guardó un silencio más prolongado.

—Das por sentado, supongo, Mitchy querido —dijo después trémulamente—, que yo lo he enredado…

—¿Enredado a Edward? —atajó él.

—No: eso por descontado. Enredado a Van con ideas…

De nuevo él recogió sus palabras:

—…¿acerca de mí? ¿Lo que tú llamas sospechas? —Él pareció sopesar la imputación, mas ello terminó, mientras con la mano se frotaba intensamente los ojos, en hastío y en la más cercana aproximación a la impasibilidad que había llevado a cabo jamás ante la señora Brook—. Da igual. El sino de todos es ser de uno u otro modo tema de ideas. Por tanto —siguió— haz subir aquí al señor Longdon.

Al punto ella tocó la campanilla:


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