La edad ingrata

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—Entonces yo me voy a ver a Nanda. Pero no pongas esa cara de espanto —agregó mientras tomaba junto a él— ante lo que Edward o yo podamos hacer a continuación. Es sólo para avisarla de que enseguida subirá a verla el señor Longdon.

—Muy bien. Yo se lo aclararé a Tatton —repuso Mitchy.

Todavía, sin embargo, ella no se movió de allí:

—¿Algún día volverás a quererme?

Él casi tenía el aspecto, mientras esperaba que ella se retirara, de ser señor de la casa, pues ante él ella se había vuelto, mientras él estaba de pie de espaldas a la chimenea, tan humilde como una visitante de clase inferior.

—Oh, lo mismo que siempre. ¿Dónde está la diferencia? De hecho, ¿no se han multiplicado más bien nuestros vínculos?

—Así es como a mí me gusta figurármelo. Y puesto que convienes conmigo en que…

—¿Y bien?

—Pues en que en realidad Van, ya sabes, jamás lo habría hecho…

Misericordioso, recogió las palabras femeninas:

—…¿nadie ha salido perjudicado? —extrajo Mitchy la conclusión.

Esto la hizo permanecer aún inmóvil:


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