La edad ingrata
La edad ingrata —Nanda será rica. A eso sà puedes contribuir, y es en realidad, puedo decÃrtelo ahora, para eso por lo que se me ha pasado por la cabeza que veas aquà a nuestro amigo.
Él conservó su actitud de espera:
—Gracias, gracias.
—¡Eres nuestro ángel de la guarda! —exclamó ella.
Ante esto él lanzó una carcajada:
—¡Aguarda hasta haber visto qué termina haciendo el señor Longdon!
Pero ella hizo caso omiso:
—Antes de irme quiero que entiendas que no he hecho nada pensando en mà sola. ¡Después de todo, Van…! —musitó.
—¿Y bien?
—Tan sólo me odia. No es como en tu caso —dijo ella—. A él lo he perdido de veras.
Durante un instante Mitchy, con los ojos en que habÃan asomado sus lágrimas, se abismó en contemplación del espacio.
—Decididamente ahora no puede, bien lo sabes, apreciar a ninguno de nosotros —declaró—. Se queda sin una fortuna.