La edad ingrata
La edad ingrata —¡Helo ahÃ! —observó la señora Brook una vez más. Después cobró una relativa brillantez—: ¡Cuánto me alegra que tú no! —Él soltó otra carcajada, mas ella ya estaba dirigiéndose al señor Tatton, quien nuevamente habÃa acudido ante el toque de campanilla—: Haga pasar aquà al señor Longdon.
—Entonces, ¿debo decirle que es a petición tuya? —preguntó Mitchy cuando se hubo retirado el mayordomo.
—¿Que seas tú quien lo recibe? Oh, sÃ. Él será el último en enojarse por ello. Pero hay una cosa más. —Esto fue algo a cuenta de lo cual inopinadamente ella tuvo uno de sus accesos de ansiedad—. Durante meses y más meses ha estado olvidándoseme preguntarte…
—SÃ, ¿el qué? —preguntó él, al semejar ella misteriosa.
—Caramba, si finalmente Harold te devolvió, tal como me juró por su honor que lo harÃa, aquel billete de cinco libras…
—Pero ¿cuál, querida amiga? —Ahora pareció acudir en ayuda de Mitchy la conciencia de otras incongruencias distintas de aquellas que habÃan estado discutiendo.