La edad ingrata

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—El que, hace ya eternidades, un día en que os habíais presentado aquí tú y Van, fue objeto de un chiste. Tú lo desembolsaste en broma, a guisa de «multa» por alguna cosa, y lo depositaste sobre esa mesita; tras lo cual, antes de poder darme cuenta de lo que hacías, antes de poder salir corriendo en pos tuyo, ya te habías marchado y lo habías dejado ahí de un modo absurdo. Por supuesto, al siguiente instante (y nuevamente antes de poder darme la vuelta). Harold ya se había apoderado de él, y en vano traté de obligarlo a devolvérmelo. Todo lo que obtuve de él…

—…¿fue la promesa de que se lo devolvería a su propietario original? —Hasta tal punto Mitchy había atendido bastante menos con sorpresa que con diversión, que al parecer había evocado la escena en un instante—. Oh, lo recuerdo muy bien; Harold no dejó de ajustar cuentas conmigo. No tienes que preocuparte por eso.

Ella lo atalayó desde la puerta que daba a la habitación contigua:

—¿Recuperaste cada penique?

—Cada penique. ¡Pero mira que molestarte en aclarar eso!

—Huy, yo siempre lo aclaro todo, ya sabes, algún día.


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