La edad ingrata
La edad ingrata —¡SÃ, eres de una rigurosidad…! Pero estáte tranquila. En Harold puede confiarse —prosiguió—, y lo cierto es que era mi propósito preguntarte por él.
Raudamente la señora Brook se entregó a ese punto:
—Oh, todo va bien.
Mitchy fue más especÃfico:
—¿Lady Fanny…?
—SÃ: se ha quedado por él.
—¡Oh —exclamó Mitchy—, ya sabÃa yo que lo lograrÃas! Pero silencio: ¡alguien viene! —Tras lo cual, mientras ella se desvanecÃa sin pérdida de tiempo, él regresó junto a la chimenea.